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El ritmo más característico del Caribe tuvo su primera cédula en Venezuela

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Música bailable, guaracha, son. El ritmo ya tenía años macerando cuerpos y caderas en el Caribe pero fue una tarde, en Caracas, cuando un locutor parió el nombre que lo bautizó para siempre: Salsa.

Que no fue una cosa fortuita, que él sabía lo que hacía, que fue más que un golpe de suerte, dice la periodista Lil Rodríguez cuando alguien le pregunta por Phidias Danilo Escalona.

Phidias Danilo Escalona es el padre de la salsa y en su honor se celebra el día del género en Venezuela, desde 2004. No era músico, ni vocalista de un grupo famoso, ni agente de nadie. Era locutor. Su voz aterciopelada acompañó durante muchas tardes al público caraqueño en una carrera en la radio que comenzó, como casi todo, por pura casualidad.

La última entrevista que dio Phidias en vida fue a Rodríguez, periodista musical y salsófila. Entre pescado frito y cervezas, el legendario locutor le contó cómo ocurrió el milagro, la revelación, el rayo divino que permitió bautizar ese maremagnun de cadencias que ponía a sudar espaldas con clave y son. Aunque siempre dirán que, antes de eso, estuvo el auspicioso "échale salsita" del sonero cubano Ignacio Piñero.

Salsa

Phidias, que se llamaba así porque su madre era admiradora del escultor griego homónimo, estaba por comenzar un nuevo espacio en la radio en horario meridiano con la apuesta musical por encima del habitual reporte de muertos, cifras de inflación y malas noticias que acostumbraban los noticieros a la hora del almuerzo. Pero las ideas estaban de vacaciones.

Una tarde salió a almorzar tres amigos: el Guajiro González, promotor venezolano recién llegado de Nueva York; Charles Mike Huchinson y Luis Augusto Mora. Pidieron una parrilla hipercalórica para cuatro y, según la leyenda que le contó Phidias a Rodríguez, alguien dijo "pásame la salsa". ¡Ajá, eureka! Ahí estaba: el nombre del programa.

Claro, después de trasegar algunas cervezas más, la idea final quedó como "la hora de la salsa, el sabor y el bembé". El guiño también iba para el patrocinante del programa: salsa de tomate Pampero.

En esa comilona pantagruélica, sin saberlo, Phidias había ideado la palabra que nombraría aquel crisol de ritmos gestados "en un curioso eje tropical de inéditos linderos: Cuba-Nueva York-Puerto Rico- Caracas", tal como lo delimita Federico Pacanins en su ensayo Salsa en Caracas

Corrían los años 60 y ese apelativo englobaba "a la guaracha de siempre,al son, a la música popular bailable que se tocaba desde el año de la pera, pero vino Phidias y le puso ese nombre", asegura la leyenda viva de la salsa caraqueña, Ray Pérez, a RT.

El compadre de Phidias, nada más y nada menos que el maestro Tito Rodríguez, le compuso una canción que recorrió Nueva York y decía, al ritmo de la recién bautizada salsa: "Ya las nenas están contentas con Danilo, el bigotón, con su programa de radio y televisión Barrio vs. gallegos

"Ese sitio, La Cobra, hasta malo es. No ponen salsa porque eso raya a cualquier discoteca". El fragmento, que pertenece a uno de los cuentos de Salsa y control, del escritor venezolano José Roberto Duque, resume la ojeriza que le tenían a la tropelía de timbales, trompetas y cuerdas en los lugares de la high. La salsa era música de barrio.

Cuando la guaracha, el son y el mambo del-año-de-la-pera empezaron a colonizar los pies y oídos en Caracas, en los salones de fiesta de la alta sociedad se escuchaban las orquestas de Billo Frómeta, Los Melódicos y Porfi, apodados "los gallegos" por tanta reminiscencia a pasodoble de tufo ibérico. Pero allá, cerro arriba, escalera al averno, hombres y mujeres se anudaban a un swing más tostado por el sol, y más efectivo para el escarceo, para el goce, para el melao.

"Los que llaman oligarcas ahorita —que tienen plata—, ellos bailaban con el Billos, lo que llamábamos la música gallega. La nueva música es la generación de nosotros, que echó a la guaracha otro sentido", le dijo Ray Pérez a Roberto Ernesto Gyemant, en una entrevista que, según cuenta Lil Rodríguez, duró casi ocho horas. 

Uno de los embajadores de ese ritmo, censurado en los festines de caché, fue -faltaba más- el propio Phideas. La radio convirtió el género en pandemia. La salsa, sostiene Pacanis, se bailaba en "populares carnavales guaireños o en ciertos bares de clientela de habituales, ubicados en las clases más populares de la sociedad". 

Por eso estaba destinada a triunfar, porque, en palabras de Ray Pérez: "Venezuela es todo un barrio, un barrio grande". 

A lo venezoliche

Los barrios 23 de Enero y San Agustín figuran en el Olimpo salsero de Caracas. Sus dioses no dejaron cadera impune desde el siglo pasado en aquellos experimentales años 60, los especializados 70, la consagración de los 80 y la consolidación de los 90. Del 2000 para acá, dicen, la cosa ha cambiado.

El músico Luis González, de la agrupación de son La Séptima Bohemia, forma parte de la nueva generación. Para él, que creció en Caracas amamantado por la salsa como el llanero por el joropo, a los grupos nacientes les falta "más irreverencia porque ahora sólo buscan el aplauso, la complacencia, el homenaje, y están dejando de aportar" a ese sonido que califica como "malandreo caraqueño".

¿En qué consiste ese sonido? Según González: "se traduce en armonías disonantes, en bloques armónicos con muchas tensiones que coinciden con cortes fuertes durante el tema. Es como insertar el ruido de la ciudad dentro de una canción, un caos organizado, un sonido que tú jamás conseguirían en un son cubano. El sonido caraqueño es irreverente". Por algo el maestro Héctor Lavoe lanzaría en la improvisación de Vamos a reír un poco, la frase inmortal: "¡A lo venezoliche!"

La tesis de González es que esa actitud venezolana de dibujar la salsa por fuera de las líneas tiene que ver con cómo llegó al país. Acá, a diferencia de Cuba o Puerto Rico, no hubo escuelas. Todo fue culpa de la radio, los medios, y, cómo no, gente como Phidias Danilo Escalona.

"Hemos sido influenciado por generaciones de salseros que han afectado nuestra percepción del género por la radio, por los medios de comunicación. Tenemos un sonido muy particular, sobre todo el sonido de los caraqueños, que tiene mucho de la noche: a veces es un poco caótico. Hemos hecho grandes aportes porque el venezolano es un poquito más transgresor en relación a las reglas del género de la salsa. Tenemos menos prejuicios", insiste González. 

Para ejemplificar su teoría cuenta que hace poco tocó con el Sexteto Santiaguero y, aunque le dijeron que todo sonaba bien, le reprocharon que el son cubano no llevaba saxofón: "Y nosotros dijimos: bueno, para lo que nos importa". Se ríe.

Sucursal del cielo

"Antes Caracas era la sucursal del cielo para la salsa y la segunda ciudad era Maracaibo. Yo ahora no toco aquí", asegura Ray Pérez, por teléfono, después de haber postergado la entrevista porque estaba haciendo mercado. Él ahora se dedica al público europeo y ofrece conciertos a casa llena en Suiza, Italia, Londres. Medio mundo, pues. Más recientemente descargó su saoco, en Medellín, Colombia.

Dice que la nueva capital del género está en Cali, Colombia: "Y eso que ellos empezaron con nosotros". Pérez esboza algunas razones de la pérdida del reinado venezolano como la inseguridad y el cierre de algunos templos de la salsa que ya no convocan a la pléyade de bailadores de antaño. En eso coincide con González.

Sin embargo, no todo está perdido. González es optimista porque, si bien la noche no es tan fecunda como antes, en Caracas se han expandido los espacios culturales para la ejecución del género que sale del antro nocturno y ahora se escucha -y se baila- en teatros, parques y centros de arte.

El músico, ejecutante del tres cubano en La Séptima Bohemia, tampoco se deja amilanar con la popularidad de nuevos géneros latinos como el reggaetón: "Esa música está chévere para los muchachos, pero para que desaparezca la salsa tendríamos que desaparecer los latinos. La salsa tiene que ver más con el gentilicio caribe".

"Es más -reitera con vehemencia- El reggaetón es para muchachos y nadie es joven eternamente". Phidias, probablemente, patentaría la frase.

Nazareth Balbás

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