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La rebelión cívico-militar que puso a Chávez en la escena política venezolana

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Todos esperaban la asonada, pero nadie pensó en el resultado: un hombre que, por primera vez y ante las cámaras, asumiera la responsabilidad de la fallida operación que pretendía derrocar el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Entonces, el comienzo.
La rebelión cívico-militar que puso a Chávez en la escena política venezolana

"En ese tanque iban todos", bromea un político de oposición en un café del este de Caracas. Se refiere al vehículo militar que hace 25 años embistió las puertas del Palacio Blanco.

Según él, todos los que participaron en la rebelión del 4 de febrero de 1992 dicen hoy que iban dentro del tanque. Porque la imagen es poderosa y sigue en la memoria, o en youtube: una mole blindada que irrumpe en la sede del gobierno venezolano que, en esos años, era conducido por Carlos Andrés Pérez (CAP). 

La asonada de esa madrugada falló y en pocas horas fueron apresados los militares alzados. Pero por primera vez en años los venezolanos vieron a alguien que asumió la responsabilidad, un joven que, ante las cámaras de televisión, llamó a sus compañeros a deponer las armas en las ciudades de Valencia y Maracay, ubicadas a escasos kilómetros de Caracas, y dijo que "por ahora" los objetivos no habían sido alcanzados. Se llamaba Hugo Chávez y era teniente coronel.

"Nosotros aquí en Caracas no logramos controlar el poder (...) ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre, ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor", fueron las palabras en la breve alocución que presentó a Chávez a la opinión pública. Años más tarde, el propio Carlos Andrés Pérez, destituído del cargo en 1993 por malversación de fondos, diría que su error fue justamente ese: permitirle al teniente coronel tener contacto con los medios de comunicación.

Sobre el polvorín

La intentona de 1992, confiesa el propio diputado Diosdado Cabello, inició con deserciones, delaciones y, con el pasar de las horas, con menos posibilidades de éxito contra el tambaleante gobierno de Pérez, que ya tenía asestado un golpe mortal desde 1989, cuando se produjo la sangrienta represión de El Caracazo.

Pero, ¿qué pasaba en Venezuela? ¿Eran gratuitas las expresiones de protesta en contra de CAP? No. Fue la respuesta de la gente ante las medidas de "disciplina fiscal" aplicadas al país por el Fondo Monetario Internacional (FMI), que llevó a la nación petrolera, en 1992, a tener a más de 67% de la población en condiciones de pobreza y 34,1% en miseria absoluta. En enero de ese año, la impopularidad de Pérez rondaba el 87%, refiere el libro "Cronología de una implosión".

Ya a finales de 1991, Monseñor Mario Moronta lo advertía en un artículo de opinión: "Creo que estamos caminando sobre un polvorín". Los rumores de golpe se escuchaban desde hacía meses y, cuando finalmente ocurrió la movilización de tanquetas por la ciudad, pocos se escandalizaron.

Justo después del fallido intento, el dramaturgo y escritor venezolano José Ignacio Cabrujas (1937-1995) lo dijo con las siguientes palabras: "Tengo la sensación, o quizás deseo tenerla, de que en lo sucesivo, esta tanqueta que humilló el portón de Miraflores, será un convidado ineludible en nuestra historia, un precedente instalado en la conciencia, torpe, ayatolesco, burdo, pero desgraciadamente apoyado en una verdad como una casa. Quítele los cañones. Quítele la violencia. Quítele el dolor de los muertos. Quítele el incumplimiento de un mandato jurado. Quítele la simpleza. Transfórmelo en un comentario del oficial Chávez, algo dicho en un pasillo de Miraflores al oído del Presidente, como un simple acto de fe (...) ¿No es lo que todos los días escucho en la calle, señor Presidente?".

Democracia fallida

"Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia son incapaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante de los costos de subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo de la corrupción. El golpe es censurable y condenable, pero sería ingenuo pensar que se trata de una aventura de unos cuantos ambiciosos (...) Hay un entorno, hay un mar de fondo, hay una situación grave en el país". Esas palabras, pronunciadas por el entonces senador vitalicio Rafael Caldera, lo llevarían dos años más tarde a la Presidencia de la República.

La crisis en Venezuela no sólo era económica y social sino también democrática. La corrupción, que finalmente logró sacar del poder a CAP en 1993, mermó la credibilidad de la gente en la política y eso explicaría como, en 1998, el regreso de Chávez a la escena pública -después de un indulto otorgado por el propio Caldera- se convertiría en un suceso inédito en la historia del país. Abanderado por un partido independiente, que no estaba aliado con ninguna de las dos toldas tradicionales, empezó su carrera por la presidencia con 6% de apoyo en las encuestas y ganó las elecciones con casi 60% de los votos.

La mano de Washington

De vuelta a 1992, Chávez es, aparentemente, un militar derrotado, el líder de una conspiración sin éxito. La preocupación de EE.UU. está en darle un espaldarazo a CAP para garantizar la estabilidad de su endeble gobierno y "poner freno a la influencia de Caldera", se lee en uno de los cables desclasificados del Departamento de Estado, citados en el libro "La mirada del imperio sobre el 4F".

"Como en el pasado -estimaba Washington en otro de los cables desclasificados-, (CAP) basará parte de su credibilidad en su relación con el presidente Bush", porque el único pilar con el que contaba el entonces presidente venezolano era la Casa Blanca. Venezuela suministraba 14% del petróleo consumido por EE.UU.

Sin embargo, días después de la sublevación, el gobierno norteamericano entendió que la movida de los militares insurrectos no fue un "capricho", como inicialmente la habían valorado, sino un movimiento con "amplio apoyo en el ejército, con objetivos rebeldes que representan una amenaza más grave y amenazante (para sus intereses) que lo que originalmente se reconoce". La mayor suspicacia para el Departamento de Estado era que mientras no habían multitudes de apoyo a CAP en las calles, en la opinión pública era evidente un "alto nivel de simpatía por los rebeldes".

No obstante, Washington desacreditaba las razones de la asonada porque consideraba que a pesar del impacto negativo que había sobre la gente, "las políticas económicas de CAP son exactamente lo que se necesita para reformar la economía venezolana luego de décadas de mala gestión".

25 años después

Según los reportes de prensa de la época, ese día hubo unos 1.000 oficiales sublevados, 70 víctimas fatales, en su mayoría rebeldes, y cientos de heridos. La rebelión aparentemente no había logrado los objetivos que se proponía pero aceleró la caída del régimen de CAP, insufló los deseos de cambio en el país y dejó al descubierto el descontento con el gobierno, incluso dentro de las filas castrenses.

Años más tarde ese caldo de cultivo fue el que le permitió a Hugo Chávez ganar las elecciones presidenciales e impulsar lo que denominó la Revolución Bolivariana. Este sábado, en las ciudades de Caracas y Maracay se realizan actividades conmemorativas a ese alzamiento, una de ellas en el Cuartel de la Montaña, donde el entonces teniente coronel dirigió la rebelión. Allí también reposan sus restos mortales desde 2013.

La huella de esos acontecimientos todavía está fresca. Chávez, luego de haber sido electo como presidente, pidió perdón a las familias de las víctimas y también consideró que ese sacrificio, aunque doloroso, resultó inevitable: "No había otra alternativa, no teníamos otra salida. Vean los resultados, preguntémonos todos, esa pregunta que es muy popular: ¿qué pasaría en Venezuela hoy si no hubiese ocurrido el cuatro de febrero de 1992? Yo tengo una hipótesis, yo tengo una creencia: si no hubiese ocurrido la rebelión militar, popular, apoyada por el pueblo del cuatro de febrero, yo creo que aquí Venezuela hubiese entrado en una guerra civil hace varios años". La historia se sigue contando.

Nazareth Balbás

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