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La última ola: cómo un barco de vapor puso fin al corso nazi en el Caribe

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Un crucero alemán seis veces más potente no pudo ganar la batalla ante un carguero de EE.UU. dotado de un solo cañón debido a la valentía de los defensores. Empataron en su enfrentamiento al hundirse los dos.
La última ola: cómo un barco de vapor puso fin al corso nazi en el Caribe

El 27 de septiembre de 1942 la Segunda Guerra Mundial llegó al mar Caribe. Lo surcaban los submarinos de la Alemania nazi que atacaban los convoyes marítimos estadounidenses y británicos, pero los buques de superficie alemanes llegaban a esta región con poca frecuencia. Sin embargo, ese día una embarcación de carga seca de EE.UU. fue atacada por un crucero alemán y le opuso tanta resistencia que ambos se hundieron.

Algunos detalles de ese inusual combate naval los abordamos en este artículo de RT.

En 1939 Berlín pretendía, si no obtener un dominio completo sobre los océanos, al menos poder controlar las principales rutas de tránsito marítimo. No obstante, los primeros años de la guerra demostraron que Alemania no estaba preparada para las batallas navales a gran escala. Debido a eso, los nazis acudieron a la táctica de la piratería: los buques de guerra acechaban en alta mar los barcos estadounidenses y británicos y los atacaban destruyendo las comunicaciones marítimas del enemigo.

El golpe más grave para la Kriegsmarine (el nombre oficial de la Armada del III Reich) le fue asestado en mayo de 1841. Para aquel momento contaba con dos acorazados construidos teniendo ya en cuenta los planes de librar una guerra mundial: el Bismarck y el Tirpitz. El primero pudo salir al océano Atlántico, pero resultó alcanzado y hundido por los británicos tras varios días de persecución y combates.

Al perder uno de sus mejores navíos, Adolf Hitler se sintió presionado y ordenó esconder al Tirpitz en los fiordos de Noruega, donde permaneció hasta la fase final de la guerra. A continuación la estrategia naval de Alemania puso énfasis en la guerra submarina. Esta presentaba unos resultados más palpables, mientras que las inevitables pérdidas no se percibían con tanta desesperación como el hundimiento de navíos. Los pequeños sumergibles con buena maniobrabilidad costaban menos que los nuevos buques de línea a un país atascado en la guerra.

Sin embargo, los intentos de ataques al estilo pirata en el Atlántico continuaron durante algún tiempo.

La ruta corsa

Al librar la guerra, el mando naval alemán comenzó a movilizar barcos civiles. El carguero Cairo había salido de los astilleros en 1936 y fue encomendado a la Kriegsmarine poco después de que en otoño de 1939 se declarara la II Guerra Mundial.

Lo equiparon con cañones, ametralladoras e incluso dos tubos de torpedo, convirtiéndose el otrora pacífico Cairo en un crucero auxiliar, bautizado como Stier (y designado también como HSK 6).

A mediados de 1942 zarpó a la caza rumbo al océano Atlántico, donde actuó con bastante éxito durante una navegación.

Un buque mediano y con buena maniobrabilidad atacaba los transportes de los países aliados. Durante julio y agosto de 1942 se hundieron víctimas de aquellos ataques dos naves de carga seca del Reino Unido y un buque tanque con bandera panameña.

En septiembre de ese mismo año el Stier llegó al mar Caribe, atravesado, al igual que en la época de los filibusteros, por múltiples rutas marítimas comerciales.

El coraje de un vapor de carga

Durante la II Guerra Mundial los países beligerantes proporcionaban a sus embarcaciones armamento, pero normalmente un barco desprotegido, tuviera o no un cañón, poco podía oponer al armamento de combate y las dotaciones experimentadas de los atacantes.

Posiblemente, el capitán del Stier, Horst Gerlach, esperaba una pronta rendición cuando encontró un barco de vapor estadounidense cerca de las costas de Surinam. El Stephen Hopkins cubría la ruta de Ciudad del Cabo a Paramaribo, mientras que el crucero alemán se abastecía con las provisiones traídas por el carguero Tannenfels.

La dotación estadounidense no identificó desde el principio a un cazador en el Stier, porque los nazis solían enmascarar los buques corsos con falsa carga comercial sobre su cubierta.

Solo después de un disparo de advertencia del Stier, el capitán del Hopkins, Paul Buck, se planteó la disyuntiva de decidir entre rendirse o librar el combate. No tardó mucho tiempo en devolver el fuego al enemigo. Combates navales como aquel, de uno contra uno, se suelen calificar de grandes batallas y entran en la historia.

Los marinos y los elementos de resguardo del Hopkins se lanzaron en defensa de la embarcación, mientras que el Stier seguía disparando. En el mismo principio del combate el comandante de la guardia del carguero recibió una herida de metralla en el vientre pero continuó dirigiendo a sus subordinados.

No se podía ni siquiera comparar el armamento del Hopkins con el que tenía el crucero: un cañón de 102 milímetros contra los seis cañones de 150 milímetros del alemán. Es decir, la potencia de fuego era al menos seis veces menor. Sin embargo, la dotación hizo lo posible para no ceder en la intensidad del fuego ante el enemigo más potente.

Consecuencias del enfrentamiento

Los artilleros responsables del único cañón del vapor estadounidense fallecieron poco después del inicio del combate. Los sustituyeron tripulantes voluntarios, muchos de los cuales eran cadetes menores de edad. El buque recibió un impacto directo de un proyectil en su compartimento de máquinas y todos los motoristas murieron en el acto, pero los supervivientes seguían disparando.

Como consecuencia de la batalla, cada uno de los buques sufrió más de 30 brechas. La mayor parte de la tripulación (entre 37 y 41 personas, según distintas fuentes), perdió la vida, incluido el heroico capitán. El resto, un total de 19 marinos, fue evacuado en el único bote salvavidas disponible. Navegaron durante 31 días antes de alcanzar la costa de Brasil.

El Hopkins se hundió a las 10:00 (hora local) del 27 de septiembre de 1942. Dos horas después el Stier también fue dado por perdido. La tripulación del mencionado Tannenfels (que no abandonó nunca el escenario) no pudo ayudarle a extinguir los incendios provocados por el impacto de proyectiles estadounidenses. Hubo tres muertos, cinco heridos graves y 28 leves, pero todos los supervivientes tuvieron que abandonar el buque. El crucero fue hundido con dos cargas explosivas.

Posteriormente el capitán del Stier mintió en su informe al afirmar que el enemigo contaba con siete cañones. De todas formas, los alemanes nunca más aparecieron en esta región del mundo.

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